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Salió Revista LA MELLA
Enviado por Juan Pedro el 28 Mayo, 2008 - 10:27.
Artículos
Pediselas a compañer@s de Contrahegemonía en Sociales / La Mella en Exactas / Colectivo de Izquierda en Filo / Palabras Necias en Psico / SOS en Económicas / In Dubio en Derecho
Revista LA MELLA
1er Cuatrimestre de 2008
Año 2 - número 2
Año 2 - número 2
Dossier: A 90 años de la Reforma Universitaria
Entrevista a Evo Morales + Congreso fundacional PSUV / Daniel Campione sobre poder popular / Lock Out agrario / Louis Althusser / Poesías
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Editorial
A 90 años de la Reforma Universitaria
“En los 60’, la cuestión cultural se vinculaba con el proyecto político de lograr una sociedad más igualitaria; esa intención articulaba el boom cultural, la novela latinoamericana, el cine. Hoy, se preserva la expectativa de acumular un cierto capital cultural, pero hay una corporativización de lo cultural que lleva a posiciones elitistas y se plasma en lo que merece ser llamado gorilismo: una actitud despectiva en relación con las clases populares.”
Ana Wortman (2008)
“Un día se oyó en las calles de Buenos Aires el grito de “Libros no, alpargatas si”. Muchos se escandalizaron. Primero que nadie, los que habían escrito libros que valían menos que una alpargata. Pero la mayoría comprendió: con ese grito se estaba repudiando a una clase intelectual que vivía de espaldas al país…”
John William Cooke (1955)
Este 2008 se cumplen 90 años de la Reforma Universitaria que recorrió el continente y tuvo como experiencia destacada y epicentro de irradiación a la ciudad de Córdoba de nuestro país. Es lógico pensar que una conmemoración, cuando estamos acercándonos a un siglo de distancia, tenga reminiscencias meramente históricas, so pena de recaer en un anacronismo insoslayable. Sin embargo, si hacemos el ejercicio imaginario de leer el Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria liberados del reconocimiento previo de una ubicación temporal, no es tan sencillo discernir si estamos frente a un documento histórico o frente a un manifiesto político de plena actualidad.
¿O acaso lo siguiente no podría ser una caracterización del presente que atraviesan nuestras universidades públicas?: “Las universidades han llegado a ser así el fiel reflejo de estas sociedades decadentes que se empeñan en ofrecer el triste espectáculo de una inmovilidad senil. Por eso es que la Ciencia, frente a estas casas mudas y cerradas, pasa silenciosa o entra mutilada y grotesca al servicio burocrático”.
¿O no es lo sigue un reclamo actual, tan inaceptable entonces como ahora para las autoridades y la élite profesoral?: “[La Federación Universitaria de Córdoba] Reclama un gobierno estrictamente democrático y sostiene que el demos universitario, la soberanía, el derecho a darse el gobierno propio radica principalmente en los estudiantes”.
Y esto último, ¿no nos trae a la memoria algo bastante más cercano que 1918?: “El espectáculo que ofrecía la Asamblea Universitaria era repugnante. Grupos de amorales deseosos de captarse la buena voluntad del futuro rector exploraban los contornos en el primer escrutinio, para inclinarse luego al bando que parecía asegurar el triunfo, sin recordar la adhesión públicamente empeñada, en el compromiso de honor contraído por los intereses de la Universidad”.
Cualquier similitud con la actualidad no es pura coincidencia. Sólo que, como sabemos que la historia se repite, aquello era una tragedia y lo actual es una farsa.
En nuestras universidades nacionales se vive un retroceso que acompañó al neoliberalismo, pero que, salvando el interregno primaveral de una breve coyuntura setentista, se remonta a la “fuga de cerebros” del onganiato. Es en el marco de este desarrollo histórico, que cierta élite profesoral ha logrado preservar sus privilegios, mientras crecen los ad-honorem y somos cada vez más los que hacemos de estudiantes mientras nos precarizamos como mano de obra barata para empresas o para el mismísimo Estado.
Al mismo tiempo tenemos un gobierno nacional que por más progresista que se presente o que lo parezca por el feroz rechazo que produce en lo más recalcitrante de la derecha vernácula, no tiene una política universal de redistribución de la riqueza. Amplios sectores de la intelectualidad y el campo político progresista fundan su oficialismo en la necesidad de ser “realistas”, “pragmáticos”, y “comprender las verdaderas contradicciones que vive el país”. La base de esta postura es un aggiornamiento conservador del que indudablemente están orgullosos, puesto que lo consideran un subproducto virtuoso de la “madurez”. Concepto que se completa con el planteo cínico que ubica a los ideales y las utopías como un estadio transitorio propio del infantilismo juvenil. Afortunadamente, no todo el campo intelectual adhiere a esta especie de evolucionismo positivista aplicado al terreno de la ideología. Para establecer una analogía con el tema que nos convoca, podemos señalar que en este aspecto nuestros progresistas aggiornados coinciden con el Leopoldo Lugones reaccionario, del que Deodoro Roca oportunamente se distanciaba, cuando afirmaba: “un hombre equilibrado e inteligente pasa por tres estadíos: a los dieciocho rompe vidrios, a los treinta debe poner vidrios, a los cuarenta fabrica vidrios. Lo intolerable es que a los cuarenta siga rompiendo vidrios”.
Lo lamentable es que, si vamos al problema de fondo, el posibilismo kirchnerista defendido por intelectuales y organizaciones que todavía se ubican o provienen del campo popular y el pensamiento de izquierda, es un coletazo más de la victoria del neoconservadurismo. Abandonar los sueños y las rebeldías no es un criterio de “madurez” o de un pretendido “realismo”, es coronar la victoria política y militar que nos ha inflingido el enemigo hace tres décadas, con una de índole ideológico-cultural. Como ha señalado Atilio Borón en una reciente nota de opinión (“Burgués sí, ¿pero reformista?”) a propósito del debate sobre el campo: “…no veo la razón para que tengamos que apoyarlo [al gobierno] en contra de un fantasmagórico “mal mayor”, espectro invariablemente agitado por quienes quieren que nada cambie en este país y que termina en el posibilismo y la resignación. Como creo que estas dos actitudes son inadmisibles, ética y políticamente, es que me opongo a entrar en el repetido juego de “nosotros” o el “mal mayor”, que desde hace décadas viene empujando a la Argentina hacia el abismo y hacia nuestra degradación como sociedad”. Por tales motivos, nosotros preferimos seguir en la perspectiva del infantil de Fidel Castro, quien hace escasas semanas nos convocó a no hacer “ninguna concesión a la ideología enemiga”.
El pretendido proyecto “nacional y popular” que este gobierno dice estar desarrollando y que cuenta con la cobertura izquierdista de algunas organizaciones (más preocupadas en ocupar espacios marginales de la superestructura estatal que en organizar al pueblo), se sustenta más en palabras que en acciones concretas. De lo contrario no pueden comprenderse muchas cosas. Entre ellas, por qué no toma una medida tan elemental como sería destinar parte del enorme superávit fiscal a paliar la situación de la educación y la salud públicas, que, siendo benévolos y sin exagerar, podemos caracterizar como de una precariedad y una decadencia alarmantes. ¿Y cuándo se termine el “crecimiento chino”?.
Para revertir esta situación obviamente no alcanza con advertir sobre lo grave de la misma, o hacer campañas de denuncia, necesarias, pero también insuficientes. El gran desafío es desarrollar un movimiento universitario que pueda luchar y organizarse para imponer las relaciones de fuerzas que permitan modificar esta realidad a la que nos vamos acostumbrando y empezamos a asumir con peligrosa naturalidad. En la universidad, quienes tenemos el peso mayoritario para cambiar esta situación somos los estudiantes. Por ello es indispensable apuntar a reconstruir un movimiento estudiantil que pueda ponerse a la altura de las circunstancias: democratizar la universidad, imponer nuestras demandas y terminar con el enquistamiento elitista. Pasos indispensables para abrir el camino a una vinculación y un compromiso de los estudiantes, intelectuales y científicos con las luchas y los intereses populares.
Buscamos que este segundo número de LA MELLA sea un aporte en la consecución de aquel deseo, por eso damos un lugar destacado a los 90 años de la Reforma Universitaria. Retomamos esta experiencia histórica en función de pensar al movimiento estudiantil como un sujeto de cambio, que debe ser reconstruido como fuerza político-social, para que la palabra y la acción rebelde superen el estrecho marco de los sectores organizados. Para ello es indispensable escaparse de la endogamia y el “microclima” creado por cierta izquierda partidaria que ha acumulado un peso específico en la universidad, que no tiene correlato con su nula influencia en cualquier otro ámbito social o institucional. Porque estas prácticas nos insertan en una lógica viciosa y alienante consistente en discutir los proyectos entre quienes ya los conocemos y en perfeccionar la profesión de aburrir a cuanto estudiante independiente se acerca a una asamblea. La intolerancia y el dogmatismo –lo que Gramsci denominara “doctrinarismo pedante”- han dado sobradas pruebas de incapacidad para construir y masificar.
Nuestra apuesta militante apunta a establecer un diálogo con los estudiantes, compañeros con los que compartimos el día a día, para juntos poder romper la inercia que nos empuja a terminar de estudiar y salir corriendo para nuestras casas o para cualquier otro lado. En tal sentido la Reforma Universitaria y el Mayo Francés (del cual se cumplen 40 años) nos dan un ejemplo y una lección, cuando demuestran que fue precondición de su radicalidad el haberse constituido como movimientos orgánicos del estudiantado. Es decir, nada parecido a grupos de activistas aislados y sin relación con el conjunto.
Desde la Corriente Julio Antonio Mella hacemos esta reflexión para profundizar el desarrollo de una práctica política que nos saque del callejón sin salida del afichismo permanente y el slogan trillado que no conmueve a nadie. Pero sabemos que un proyecto de tales características no se construye de la noche a la mañana, sino en una disputa hegemónica que lleva tiempo y que no depende sólo de buenas intenciones. No importa, porque nuestros sueños van acompañados, entre otras cosas, de paciencia y perseverancia.
“…estamos viviendo una hora americana”
“… los sucesos de las vidas humanas no pueden adosarse a ningún sistema previo; deben en cambio ser considerados en relación con individuos y grupos particulares en situaciones históricas igualmente específicas. Dudo entonces de la intemporalidad del sentido de los actos humanos porque creo que el mismo no es autosuficiente sino que se basa en su conexión con el mundo y con una determinada atmósfera histórica”
Oscar Terán (2005)
El espíritu de la Reforma Universitaria pretendía trascender, y en los hechos trascendió, los estrechos marcos de las instituciones académicas. Se concebía como parte de un movimiento social más vasto. No es casualidad que a ocho años de la Revolución Mexicana y a pocos meses del impresionante y novedoso experimento que protagonizaban en otras latitudes los obreros y campesinos rusos, el Manifiesto Liminar finalice su primer párrafo afirmando “Creemos no equivocarnos. Las resonancias del corazón nos lo advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana”. En realidad ya el título no deja lugar a dudas sobre la amplitud de sujetos que se proponía interpelar: “Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria. La juventud argentina de Córdoba a los hombres libres de Sud América”.
Es ese ideario de la insurgencia continental otro aspecto que queremos rescatar del movimiento reformista, creyendo que hoy retorna vigorosamente de la mano de los procesos populares que atraviesan a Nuestra América. Fenómenos sociales y políticos que no son exóticos, porque sabemos que nada nace de un repollo. Pero que tampoco son simple continuidad o pura repetición, son también ruptura y búsqueda concreta en nuevas condiciones históricas.
El Che nos recomendaba “tener una gran dosis de humanidad” para no caer en “extremos dogmáticos”, en “escolasticismos fríos”, en “aislamiento de las masas”. Es precisamente este vicio el que conduce a cierta izquierda a realizar pomposos análisis de procesos históricos temporal y geográficamente lejanos, buscando verdades de recetario en triunfos y fracasos, pero que al mismo tiempo la vuelve incapaz de mirar sensiblemente los procesos que le son contemporáneos y las revoluciones que se desarrollan en sus propias narices. Es que, en realidad, en una paradójica coincidencia con el pensamiento de cuño platónico y conservador, esa izquierda se aferra a un pasado ideal porque sospecha del futuro. Por eso, desde una actitud temerosa que roza la paranoia, ven “traidores” en todos lados, y se refugian en la seguridad que otorga la pretendida infalibilidad de alguna fórmula o estrategia, cuya “exactitud” la asemejaría más a un fenómeno químico que a un proceso humano, político y social. Parece un oxímoron definirse como revolucionario y temer a lo novedoso, a lo original, a los caminos nuevos que los pueblos indagan y construyen al calor de las dificultosas búsquedas emancipatorias del presente.
Nosotros apostamos a ensayar una perspectiva distinta. Antes que pretender tener el “juicio final” o la “caracterización exacta” que nos dé tranquilidad espiritual y alimente la auto-referencialidad, buscamos acercarnos, conocer, aprender de estos procesos. Ante todo porque sus protagonistas tienen desde el vamos el mérito de trascender los pequeños grupos auto-complacientes que creen sabérselas todas, para proyectarse en las realidades y las desafíos de millones de hombres y mujeres que buscan organizarse y enfrentar con dignidad al monstruoso poder del imperio y el capital.
Con este espíritu dedicamos toda otra parte de la revista a reflexionar sobre el problema del poder popular, presentamos un documento que han debatido millones de venezolanos en el marco de la Revolución Bolivariana y, privilegio de por medio, entrevistamos al presidente boliviano Evo Morales. Los procesos de la bolivariana Venezuela y de la indígena Bolivia, son contradictorios, por supuesto, porque son reales, porque están vivos. Son problemáticos, esperanzadores y angustiantes al mismo tiempo, pues se desarrollan en la arena compleja de la realidad, no en la comodidad de un procesador de textos o en la certeza de algún libro canonizado. Por suerte, como lo afirmara el Mefistófeles de Goethe, gris es la teoría pero verde el árbol de la vida.
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